martes, 13 de enero de 2015

"LA VIDA", Mayte Dalianegra

La vida
está ahí,
con su sonrisa amplia
de anuncio de dentífrico
y de playa tropical, sólo
debemos salvar —conservando
el equilibrio
como buenos funámbulos—
el trecho que media
hasta la otra comisura o hasta el borde
de la arena,
antes de la pleamar.

La vida
está ahí,
es un cesto de frutas en sazón,
pero muchas veces,
por más que alarguemos los brazos,
nuestras manos no logran alcanzarlas
para saciarnos;
y en otras ocasiones,
cuando al fin vencemos la distancia,
nos sale caro el precio.

La vida,
de tanto en tanto
—con su escasa tolerancia a la indulgencia—,
nos llena las alforjas de miserias y la boca
de negrura.

También
de tanto en tanto,
puede asomar una flama de luz
llorando por no ser vista.

(Mayte Dalianegra)



Pinturas: "La vida" (1903), Pablo Ruiz Picasso.
“Qué bonita es la vida cuando nos da de sus riquezas” (1943), Frida Kahlo

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Música: "La vie en rose", Edith Piaf

"CONJURO", Pere Gimferrer

Los guerreros más augustos ya son sombras
bajo la sombra del viejo encinar.
Cárdena crepita la noche.
Latigazos, ladridos, remotos rayos.
Chirrían las cornejas en el pozo ciego.
Guiarán al manso corcel de hielo.
La tormenta. El sol verde de aguas negras.
No me conozco. Es un lago el pecho muerto.
Bajel de oro, cadalso prieto del día.
Mi cuerpo, como la cuerda de un arco.
Ya labora el invierno, cuando rasga
las cortinas, teatro del mar.
Se enmascara tras las nieblas densas.
Arquero negro, detén tu paso.
Petrifícase el arquero de azabache.
La saeta conoce el derrotero.
Palmo a palmo mensuramos la fosa.
Fango y hojas nos daban la yacija.
Arde y arde el guante de oro del barquero.
La laguna, de nieve y azafrán.
No pensabas que fuera así de blanca.
Ahora vienen las huestes. Cielo allá,
las huestes vienen. Verdor de la encina
en los ojos vacíos, de cal llenos.

(Pere Gimferrer)

Pintura: "La barca de Caronte" (1919). José Benlliure. Valencia, Museo de Bellas Artes

"CASCABELES", Pere Gimferrer

Aquí, en Montreux,
rosetón de los ópalos lacustres,
hace cincuenta años pergeñaba Hoyos y Vinent
la alucinante historia de lady Rebeca Wintergay.
Eran sin duda tiempos
—belle époque— más festivos, con la vivacidad burbujeante
de quien se sabe efímero —atronaban
los cañones del káiser la milenaria Europa, nunca el azul
de Prusia
fue tan siniestro en caballete alguno—,
Rubicunda y nostálgica,
núbil walkiria de casino y pérgola,
la Gran Guerra ascendía, flameantes al viento
las barbas dionisíacas de Federico Nietzsche.
Tiempos de confusión, Dios nos asista, un hálito
estrangulaba los quinqués, ajaba
premonitoriamente las magnolias.
Algo nacía, bronco, incivil, díscolo,
más allá de los espejos nacarados,
del tango, las anémonas,
los hombros, el champán, la carne nívea,
la cabellera áurea, el armiño,
los senos de alabastro, la azulada
raicilla de las manos marfileñas,
el repique, la esquila —¡tan bucólica!—
en el prado del beso y la sombrilla.
Merecían vivir, quién lo duda, los tilos
donde el amor izaba sus corceles,
los salones del láudano y porcelana chinesca
aromados por el kif de Montenegro.
Una canción de ensortijados bucles,
una sedeña súplica llegaba
de las postales vagamente mitológicas,
nebulosamente impúdicas, de los rosados angelotes
—púrpura y escayola, rolliza nalga al aire—
que presidían los epitalamios.
Maceración de lirios, el antiguo gran mundo
paseaba sus últimas carrozas
por los estanques que invadía el légamo.
Y en el aire flotaba ya un olor a velones, a cilicios,
a penitenciales ceras, a mea culpa,
a reivindicaciones
de inalienable condición humana.
Yo, de vivir, Hoyos y Vinent, vivo,
paladín de los últimos torneos,
rompería, rompió la última lanza,
rosa inmolada al parque de los ciervos,
quemaría, quemó las palabras postreras
restituyendo el mundo antiguo, imagen
consagrada a la noria del futuro,
pirueta final de aquella mascarada
precipitada ya sobre el vacío.
Yo, de vivir, Hoyos y Vinent, vivo,
tanto daríaInos, creedme,
para que nada se alterase, para
que el antiguo gran mundo prosiguiese su baile de
galante armonía,
para siempre girando, llama y canción, girando
cada vez más, creedme, tanto diéramos,
hasta el vértigo girando, Hoyos y Vinent, yo,
aún más rápido, siempre, tanto porque aquel mundo
no pereciese nunca, porque el gran carnaval
permaneciese, polisón, botines,
para siempre girando, cascabel suspendido
en la nupcial farándula del sueño.

(Pere Gimferrer)

Pintura de Vittorio Mateo Corcos

"ARDE EL MAR", Pere Gimferrer

Oh ser un capitán de quince años
viejo lobo marino las velas desplegadas
las sirenas de los puertos y el hollín y el silencio en las barcazas
las pipas humeantes de los armadores pintados al óleo
las huelgas de los cargadores las grúas paradas ante el
cielo de zinc
los tiroteos nocturnos en la dársena fogonazos un cuerpo
en las aguas con sordo estampido
el humo en los cafetines
Dick Tracy los cristales empañados la música zíngara
los relatos de pulpos serpientes y ballenas
de oro enterrado y de filibusteros
Un mascarón de proa el viejo dios Neptuno
Una dama en las Antillas ríe y agita el abanico de nácar
bajo los cocoteros

(Pere Gimferrer)

Pintura: "Marina de Nápoles", Consalvo Carelli (1818 - 1900 )

"ACTO", Pere Gimferrer

Monstruo de oro, trazo oscuro
sobre laca de luz nocturna:
dragón de azufre que embadurna
sábanas blancas en puro
fulgor secreto de bengalas.
Ahora, violentamente, el grito
de dos cuerpos en cruz: el rito
del goce quemará las salas
del sentido. Torpor de brillos:
la piel —hangares encendidos—,
por la delicia devastada.
Fuego en los campos amarillos:
en cuerpos mucho tiempo unidos
la claridad grabó una espada.

(Pere Gimferrer)

Pintura: "Dánae" (1623), Orazio Gentileschi

Mis poetas favoritos: PERE GIMFERRER

Pere Gimferrer (Barcelona, 1945). Escritor y poeta español en lenguas catalana y castellana. Estudió derecho y filosofía y letras en la Universidad de su ciudad natal. Director de una prestigiosa colección narrativa, su obra literaria empezó en lengua castellana con Mensaje del tetrarca (1963), obra juvenil y clasicista, muy tradicional en la forma y fuertemente influida por Saint-John Perse. Sus obras posteriores Arde el mar (1966), Premio Nacional de Poesía) y La muerte en Beverly Hills (1968) tienen mayor interés, por representar la aparición de una nueva sensibilidad poética, opuesta a la poesía social que había dominado la década de los 50. En estas dos obras destaca principalmente un intenso culturalismo, evidente tanto por las anotaciones a los poemas como por la reflexión estilística y poética que en ellas se manifiesta.

En 1970 fue incluido por José María Castellet en la antología Nueve novísimos poetas españoles; el marbete de "novísimos" se aplicaría desde entonces a una nueva generación de poetas que, como Gimferrer, siguió una innovadora línea experimental. El estilo será en efecto la preocupación fundamental del autor, frente a la mayor importancia dada al contenido social por parte de los poetas precedentes. Su profunda emotividad queda escondida tras la expresión barroca y la tendencia al surrealismo. Otras características de estos libros son la sugestión ambiental y la libertad métrica, que evolucionará hasta la prosa poética.
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