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miércoles, 20 de octubre de 2010

"DE GARDEL", Juan Carlos Lamadrid.

Fama de Carlos Gardel
toda de hombre y guitarra,
melancolía de estaños
y perfumada de paicas.

Fama de adiós, fama, sola,
 cantata de rompe y raja
y milagroso coraje
carpeteando en la garganta.

Estaba en la mirada de la vida
y en el ropaje de las populares,
en el floreo varón de los porteños
y en el combate de los desolados;
solo, con esa pinta brava de compadre
balanceando en los tacos militares
y barajando el chamuyar lunfardo
de cafiolos, de gratas y de rantes.
Y todo ello con delicadeza,
porque su voz nació para cantar
al hombre solo y vertical del Tango.

El, como todo hombre,
devoró lo que amaba.

Fue en la Ciudad recién llegada,
de flor corralonero y de pescante
guarnecida de cintas con un bordado taura
y el último caudillo que revoleava el poncho
sobre la guitarra de Gabino.
Entonces todo era la vida de cantar
y de arrancar una pasión de sangre sumergida,
de arrabales, ajenjos y cuchillos;
una furia de machos y de hembras
hacia el sexo fatal de los silencios.
Quién sabe por qué mítica bravura
o por qué extraña ausencia imaginada.

Pinta de Carlos Gardel,
lengue y lunar, pinta brava,
taquero compás de sombras
canyengueando por el alma.

Para que sueñe el otario
y se embalurde este rana,
vienen terciando los fueyes
un tango de puñaladas.

Los barrios abren su claves profundo
y en los bulines de la madrugada
un agua fresca canta su hermandad de los pobres.
Así llega la otaria que yuga por el bajo y trae una fatiga desde fondos ardientes
y un mal olor de idiotas bebedores de gas.
Un zapato aburrido lanza su ojal al mundo
y es una mueca con sudor de seda,
¡pobre mina que zapa en la función de ratas
para este fioca de pañuelos pardos
que nunca ha de jugarse en un jotraba de hombres
allí donde la vida es una luna rota
o un hilo de silencio deslizando ganzúas
de renuncia y coraje!.

Así era tango y sangre
tu pasión de cantar amaneciendo con
los lugares donde el hombre es apenas
una mueca robada a la grandeza.

Tiempo de Carlos Gardel, redimida
luz de fango, carpusa de grata viejo
amurado en un estaño.
Me va faltando la vida
para cantarte, muchacho,
eternizado en la trampa
milagrosa de los tangos.

Juan Carlos Lamadrid, ("Hombre sumado", 1958).

Pintura de Hamish Blakely.

jueves, 30 de septiembre de 2010

"MIS POETAS FAVORITOS", Juan Carlos Lamadrid.

Juan Carlos Lamadrid fue poeta y letrista de tangos, (30 de octubre de 1910 - 16 de agosto de 1985). Cuando un hombre nos dice que fue «todo lo malo que podemos imaginar», nos desarma y nos desubica; o, por el contrario, nos ubica demasiado porque pone importantes facetas de su personalidad al alcance de nuestra mano, de nuestra imaginación o de nuestra suspicacia.

Primera cualidad de La Madrid: una franqueza detonante, poco común, que golpea las verdades con sus puños entre trago y trago. Segunda: se mostró y se muestra siempre como auténticamente apasionado en todo lo que emprende («Oh, pasión, callejuela del alma»).

Este «devorador del hampa» fue un poeta de «versos varones» que llevaba dentro de sí la locura de una multitud, que fue fascinante, bravo y tumultuoso como el mar que tanto admiró en el Sur, que vio con su «ojo cámara» tantas noches y tantas madrugadas, que frecuentó boliches y garitos y que fue amigo de «obreros, giles y chorros", de hombres de tango y poetas de la calle con quienes compartió el estaño y la aventura de vivir.

Nació en el barrio de Flores («barrio de magnolias y astros»), el mismo día en que nació Miguel Hernández, acaso el más grande poeta de este siglo, según su juicio.

«Después —me cuenta— fueron años y años de guerrear de frente y sin aliviada; rata de ring, trabajé entrenando profesionales por tres pesos el round, cantor y bailarín de tangos, actor de Shakespeare, periodista, profesor de literatura, vendedor de libros y especialidades mecánicas, empresario, programero de radio y TV en el más alto nivel».

Fue un hombre que no se sentía nunca solo mientras lo acompañaran «meseros, pungas y guapos» con quienes alcanzó el perfecto diálogo en su ronco chamuyo.
Juan Carlos La Madrid
La Madrid, dibujo de Luis Alposta

Nada es artificial ni fabricado en este habitante de la vida. Su “Rosa Buenos Aires” alcanza en su obra un “papel protagónico” y poemas como “El mercado” tienen verdadero valor antológico: por su verismo, por su autenticidad, su intención testimonial.

No sin fundamento escribió este hombre grandote y vital:

«Soy un confín,
una violencia,
un espasmo de fuego
en medio de la música llovida.»

Sin duda, el calor de su sangre y la impetuosidad de pensamiento corrieron por sus versos llenos de variadas tonalidades. Hace años pedía ya: «Dadme el lejano azul», «yo reclamo el color...» Tal vez por eso pensó en “amasijarse” cuando comenzó su ceguera hace diez años. Pero yo, que solía compartir el vino amigo con este viejo Lama, en su maleva corte de los milagros, asegurré, en aquel entonces, que aún tenía cuerda para rato; tanto es así que pronto conocimos otro libro suyo: “Los visitantes de la nada”.

Este “misterioso Apolo” que también cantó a la patria y a los vientos y soledades del Sur, tuvo una “formación literaria de vanguardia” (enrolado en el invencionismo), pero se encauza definitivamente en el porteñismo y al respecto aclara: «Escribo utilizando la jerga lunfarda porque es un idioma de pueblo que integra el buen decir de mi cuidad y por lo mismo me integra, tal como mis amores, mis odios, mis poemas, mi pasado, mi presente y mi futuro».

En la Academia Porteña del Lunfardo ocupó el sillón que está puesto bajo la advocación de Carlos Gardel, y es oportuno señalar que como autor de tangos ha escrito letras como "Fugitiva”, considerada «un verdadero hito en el historia de las letras tangueras».

Y así lo veo a La Madrid, un hombre que va corriendo “hacia la muerte por la vida”, pero sin dejar de ser optimista y de vivir “a razón de 25 horas por día”.

De su obra poética, se destacan: en 1958, “Hombre sumado”. Primer Premio de la Municipalidad de Buenos Aires y Faja de Honor de la SADE; y en 1981, “Pequeña rosa lunfarda”, Editorial Torres Agüero.