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viernes, 9 de noviembre de 2012

"LA BELLA LUCERITO", Ramón Pérez de Ayala

(Esbozo de sentimientos que provoca la danza)

¡Bien, chavita, Lolita,
Argentinita, Malaguita, todas
las que habéis celebrado vuestras bodas
con el monstruo voraz que goza y grita
y os desea, y al cabo os marchita!

Vuestra flor al esposo vigor da;
por su amor teje danzas vuestro pie;
vuestros ojos se encienden ¡anda ya!;
el rojo labio es para el beso ¡olé!

¡Con qué dúctil dulzura
y sumisión, aurora de un futuro
próximo, doblegáis vuestra cintura,
hecha para el supremo abrazo impuro!

¡Con cuánta gentileza
enderezáis al aire los amenos
senos: una realeza
marmórea, y por la vida hechidos, llenos!

¡Cuan sutiles y apenas
grávidas! El cabello, endrina o miel.
A la boca febril brindan las venas
un arroyuelo azul sobre la piel.

¡Y vosotras, adolescentes
de muslo fino y acerado,
que por ser sonrientes e inconscientes
placéis al amor hastiado!

Son vuestros brazos infantiles
como un árbol mozo y en flor
que moviera brisas gentiles
de juventud y un gran frescor.

Y vosotras, tan placenteras
y raudas, como Salomé,
o tristes, como bayaderas,
o vertiginosas ¡olé!

A todas os admiro, ingenuas criaturas,
ya que en la vida todo baila sin ton ni son,
y sólo hacéis vosotras ritmos y galanuras
con pie tan breve como es vuestro corazón.

Ramón Pérez de Ayala.

Pintura: "At the edge of the sea" ("En la orilla del mar"), 1892, Raphael Collins.


"LA DIOSA LOCURA (estudio al pastel)", Ramón Pérez de Ayala


Al Marqués de Valero de Urría.

La diosa locura de risas perladas
-risas en que perlas desgrana riente -
encendiendo bocas con las llamaradas
de goces futuros, flota en el ambiente.
Penden en los muros tapices rojizos,
cubre el pavimento alfombra escarlata,
y en los artesones lucen sus hechizos
helénicos rostros de efebos de plata.
Los rígidos pliegues de las colgaduras
simulan solemnes, litúrgicos mantos;
doquiera, soportan níveas esculturas
ménsulas corintias de áureos acantos.
Esbeltas arañas de oro cincelado
engarzan diamantes de luz refulgentes,
y en un fino auténtico Palyssi esmaltado
las rosas de sangre yacen indolentes.
Dulces violoncelos y tristes violas
sollozan cadencias de un vals delirante,
y con blando impulso se mueven las olas
etéreas, polícromas del mundo elegante.
Aquí, una Ateniense de húmedas miradas
ostenta sus hombros para muchos caros
-se ven en sus formas tibias y rosadas
los tintes de nácar de mármol de Parosy -
entre los sollozos de los violines
escucha imposible, bella, escultural,
los dulces requiebros de los paladines,
uno florentino y otro provenzal.
Allá, una Teodora beldad bizantina
que lleva en sus ojos el Bósforo azul
con suave y lasciva molicie se inclina
ciñendo su clámide de raso de tul:
su risa engañosa de mágicos giros
seduce a un esbelto, gentil chambelán,
cuya ardiente súplica y tiernos suspiros
envueltos en notas de la orquesta van.
Pasea una Médicis maligna, enigmática,
que enlaza su brazo a un Conde español,
una hija del Nilo de expresión hierática
contempla a sus plantas rendido al rey sol.
De un lado una dama de ojos esmeralda
su busto recuesta en muelle cojín,
mientras, misterioso murmura a su espalda
sentidas endechas un rubio Delfín;
de otro, un atrevido paje veneciano
con un cisne blanco en campo de azur
sus cálidos besos estampa en la mano
menuda y sedosa de una Pompadour.
El vals dice lento frases voluptuosas,
y vense en el fondo entre medias tintas
gentiles galanes, mujeres hermosas,
y joyas, y sedas, y tules y cintas.
La Diosa Locura de risas perladas
- risas en que perlas desgrana riente -
encendiendo bocas con las llamaradas
de goces futuros reina en el ambiente.

Ramón Pérez de Ayala.

Pintura: "Venetian ladies listening to a serenade" ("Damas venecianas escuchando una serenata"), Frank Cadogan Cowper.

"LA MANDOLINATA", Ramón Pérez de Ayala


Sobre las ebúrneas gradas bizantinas,
entre rasos ricos y piedras preciosas,
van las seis princesas, en sus mandolinas
modulando gráciles frases amorosas.

Son las seis princesas de un país distante
de que hablan las áureas crónicas francesas;
de un país en donde la brisa galante
suspiros murmura, son las seis princesas.

Amalia: corona la regia figura
las líneas correctas de su rostro fino,
de Bizancio finge débil escultura
o frágil madona del buen Perusino.

Paz: lo austero tiene de una diosa ática
que esculpiera Fidias en mármol pentélico,
y surge en sus ojos atracción simpática
que esfuma en el ánimo propósito bélico.

Victoria es capullo de tibia fragancia
que a un beso temprano de amor se entreabrió;
luce de las reinas la misma elegancia
que, a un tiempo, en Versalles, pintaba Watteau.

Es suave y de brisa la risa de Luisa,
aroma y conjura los besos soñados
cuando la princesa deslíe su risa
que finge por entre los dientes nevados,

María: sus ojos son de terciopelo,
ojos que destellan en tenues cambiantes.
Luce rosas ígneas sobre el negro pelo;
tal en sus gitanas Miguel de Cervantes.

Y Ana, en cuyo rostro no es blanca la nieve,
un ángel ha hilado su cabello en oro;
de su cuerpo lindo la escultura es leve
y en sus labios arde de amor un tesoro.

Sonríen las rosas pomposas y hermosas
—las mejillas rosas son en las princesas y
las mandolinas dicen quejumbrosas
secretos que ocultan las bocas traviesas.

El crin crin armónico tiene indiscreciones
y al azul lanzando sus notas perladas
el ritmo modula de los corazones
y rima destellos de amantes miradas.

 De los recios trajes entre brocateles
cual pálido lirio florece la mano;
tal trazó sus vírgenes con suaves pinceles
en sus cuadros místicos el viejo Tiziano.

El plectro de Concha destaca en la cuerda,
la mano de nieve nostalgias evoca
y la vacilante música se acuerda
al leve y discreto temblor de una boca.

Hablan indiscretas las seis mandolinas
de las seis princesas de los labios rojos;
hablan los secretos de las bocas finas,
de los pechos frágiles, de los negros ojos.

Y entre el torbellino de las notas locas
que brillan con giros mágicos de plata,
tienen languideces de dolor las notas
que va sollozando la mandolinata.

(Ramón Pérez de Ayala)

Pintura: "Girl playing music" (Chica tocando música),  Marie Spartali Stillman

"LA PAZ DEL SENDERO", Ramón Pérez de Ayala

Con sayal de amarguras, de la vida romero,
topé, tras luenga andanza, con la paz de un sendero.
Fenecía del día el resplandor postrero.
En la cima de un álamo sollozaba un jilguero.

No hubo en lugar de tierra la paz que allí reinaba.
Parecía que Dios en el campo moraba,
y los sones del pájaro que en lo verde cantaba
morían con la esquila que a lo lejos temblaba.

La flor de madreselva, nacida entre bardales,
vertía en el crepúsculo olores celestiales;
víanse blancos brotes de silvestres rosales
y en el cielo las copas de los álamos reales.

Y como de la esquila se iba mezclando el son
al canto del jilguero, mi pobre corazón
sintió como una lluvia buena, de la emoción.
Entonces, a mi vera, vi un hermoso garzón.

Este garzón venía conduciendo el ganado,
y este ganado era por seis vacas formado,
lucidas todas ellas, de pelo colorado,
y la repleta ubre de pezón sonrosado.

Dijo el garzón: —¡Dios guarde al señor forastero!
—Yo nací en esta tierra, morir en ella quiero,
rapaz. —Que Dios le guarde. —Perdiose en el sendero...
En la cima del álamo sollozaba el jilguero.

Sentí en la misma entraña algo que fenecía,
y queda y dulcemente otro algo que nacia.
En la paz del sendero se anegó el alma mía,
y de emoción no osó llorar. Atardecía.

Ramón Pérez de Ayala.

Pintura de Javier Clavo.

"HOMO HISPANICUS", Ramón Pérez de Ayala

Da vuelta en su conciencia,
como caballo en la pista,
la milenaria ascendencia
de atavismo senequiata,
gongorino y narcisista.
Posee infusa toda ciencia.
Cree que se pierde de vista.
Su ambición es la indolencia,
se afirma individualista,
y es de algo o de alguien un “ista”.
O con heroica demencia
mundos vírgenes conquista
y retorna a la querencia
de un vivir ilusionista
en su pista de indolencia.

Ramón Pérez de Ayala.

Pintura: "Retrato de caballero joven",  El Greco (1600-1605), Museo del Prado, Madrid.

Mis poetas favoritos: RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Ramón Pérez de Ayala (Oviedo, 1881 - Madrid, 1962) Escritor español. En su obra muestra una notable inclinación hacia los enfoques intelectuales, simbólicos y ensayísticos. Hizo sus primeros estudios con los jesuitas, quienes le proporcionaron amplios conocimientos humanísticos, pero provocaron en él un profundo sentimiento anticlerical. Inició la carrera de derecho en Oviedo y posteriormente se trasladó a Madrid, donde se vinculó con la Institución Libre de Enseñanza.

Después de viajar por Italia y Alemania fundó con J. Ortega y Gasset y G. Marañón la Agrupación al Servicio de la República. Embajador en Londres entre 1931 y 1936, al inicio de la Guerra Civil se exilió en Francia y América del Sur. Regresó a España en 1954.