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viernes, 18 de marzo de 2011

"CANCIÓN DE LA MARGARITA", John Keats.

Con su gran ojo, el sol
no ve lo que yo veo.
La luna, toda plata, orgullosa, pudiera
ocultarse igualmente en una nube.

Y al llegar primavera -¡oh, primavera!-
es la de un rey, mi vida.
Echado entre los brotes de la hierba,
acecho a las muchachas bonitas en su paso.

Miro por los lugares donde no osara nadie
y se fijan mis ojos donde nadie los fija,
y si la noche viene,
me cantan los corderos una canción de cuna.

John Keats.

(Versión de Màrie Montand).

Pintura de Heide Presse.

domingo, 25 de abril de 2010

"LA BELLA DAMA SIN PIEDAD", John Keats.

I
Oh, ¿qué puede afligirte, caballero armado,
tan solo y pálido vagando?
El junco está marchito en el lago
y de aves no hay un solo canto.
II
Oh, ¿qué puede afligirte, caballero armado,
tan macilento y tan apenado?
Lleno está el granero de la ardilla
y la cosecha ya ha sido recogida.
III
En tu frente veo un lirio
humedecido de angustia y febril rocío;
y en tu mejilla una rosa desteñida
velozmente también se marchita.
IV
Encontré a una dama en el prado,
muy hermosa, una doncella de las hadas;
su cabello era largo, sus pies eran ligeros,
y salvajes sus ojos miraban.
V
Hice una guirnalda para su cabeza,
y también brazaletes, y un fragante cinturón;
me miró ella al tiempo en que me amaba,
y un dulce gemido lanzó.
VI
La senté sobre mi corcel al paso,
y en todo el día ya no vi más nada,
pues hacia un lado ella se inclinaba
entonando una canción de hadas.
VII
Me encontró raíces de dulce sabor,
y miel silvestre y rocío de maná;
y en una lengua extraña seguro dijo:
“¡Te amaré con fidelidad!”.
VIII
A su gruta élfica me llevó,
y allí lloró y suspiró con aflicción,
y allí cerré sus ojos frenéticos
con cuatro besos.
IX
Y allí me arrulló hasta que me dormí,
y allí soñé, ¡ah, presagio de tormento!,
el último sueño que jamás soñé,
en la ladera del frío cerro.
X
Vi pálidos reyes, y príncipes también,
pálidos guerreros, todos con una palidez de muerte;
y gritaron: “¡La Bella Dama sin Piedad
esclavizado te tiene!”.
XI
Vi sus hambrientos labios en la oscuridad
en horrible advertencia abiertos,
y desperté, y aquí me encontré,
en la ladera del frío cerro.
XII
Y es por eso que permanezco aquí,
tan solo y pálido vagando,
aunque el junco esté marchito en el lago
y de aves no haya un solo canto.

John Keats


LA BELLE DAME SANS MERCI
I
O what can ail thee, knight-at-arms,
alone and palely loitering?
The sedge has wither’d from the lake,
and no birds sing.
II.
O what can ail thee, knight-at-arms!
So haggard and so woe-begone?
The squirrel’s granary is full,
and the harvest’s done.
III.
I see a lily on thy brow
with anguish moist and fever dew,
and on thy cheeks a fading rose
fast withereth too.
IV.
I met a lady in the meads,
full beautiful—a faery’s child,
her hair was long, her foot was light,
and her eyes were wild.
V.
I made a garland for her head,
and bracelets too, and fragrant zone;
she look’d at me as she did love,
and made sweet moan.
VI.
I set her on my pacing steed,
and nothing else saw all day long,
for sidelong would she bend, and sing
a faery’s song.
VII.
She found me roots of relish sweet,
and honey wild, and manna dew,
and sure in language strange she said—
“I love thee true.”
VIII.
She took me to her elfin grot,
and there she wept, and sigh’d fill sore,
and there I shut her wild wild eyes
with kisses four.
IX.
And there she lulled me asleep,
and there I dream’d—Ah! woe betide!
The latest dream I ever dream’d
on the cold hill’s side.
X.
I saw pale kings and princes too,
pale warriors, death-pale were they all;
they cried—“La Belle Dame sans Merci
hath thee in thrall!”
XI.
I saw their starved lips in the gloam,
with horrid warning gaped wide,
and I awoke and found me here,
on the cold hill’s side.
XII.
And this is why I sojourn here,
alone and palely loitering,
though the sedge is wither’d from the lake,
and no birds sing.

John Keats.

Pintura: "La belle dame sans merci", (La bella dama sin piedad), Frank Dicksee,
(1853 - 1928).

jueves, 1 de abril de 2010

"AL VER LOS MÁRMOLES DE ELGIN", John Keats.

Mi espíritu es muy débil: mortal
me pesa como un sueño no querido,
y cuestas y pináculos soñados
de afán divino, anuncian ya mi muerte.

Como un águila enferma cara al cielo.
Mas es un lujo plácido mi llanto
por no poder guardar los vientos puros
cuando el ojo de la mañana abra.

Tales glorias sombrías del cerebro
le dan al corazón batalla inmensa;
igual estos prodigios me marean.

Uniendo el esplendor griego a la ruda
devastación del Tiempo: en la tormenta
fulgura un sol, la sombra de lo magno.

John Keats.

Pintura: "Charles Towneley in his sculpture gallery", (Charles Towneley en su galería de escultura), 1782, Johann Zoffany. Art Gallery and Museum, Burnley, Lancashire, United Kingdom.

Nota: Los llamados "Mármoles de Elgin" constituyen más de la mitad de las esculturas que decoraban el mítico Partenón de Atenas, así como algunas del Templo de Atenea Niké, los Propíleos y el Erecteión y que fueron desmantelados de dichos monumentos de la Acrópolis ateniense y comprados al gobierno turco, durante la dominación otomana de Grecia, por parte del embajador británico en Constantinopla, Sir Thomas Bruce, conde de Elgin, con el objeto de decorar su villa londinense de Park Lane. Estas valiosas piezas arqueológicas llegaron a suelo inglés entre 1804 y 1805, y en 1816 el gobierno del Reino Unido las compró a Lord Elgin y pasaron a formar parte de las colecciones del Museo Británico

Tras la independencia griega, Grecia reclamó constantemente este patrimonio histórico artístico a Gran Bretaña, pues, de forma natural, pertenece a su soberanía, ya que se trata de otro de los muchos expolios, más o menos legitimados, que ha sufrido el país balcánico. Como es de suponer, el Reino Unido se niega tajantemente a su devolución y ni siquiera la construcción del súper vanguardista Museo de la Acrópolis de Atenas, ha servido para convencer a las autoridades británicas de la necesidad de restaurar estas piezas a su legítimo propietario: el pueblo griego. 

Desde este humilde blog nos adherimos a la causa de su devolución, máxime después de haber observado in situ el Templo de Atenea Partenos, y los anteriormente citados, desprovistos de sus metopas y frisos.

Y para ilustrar esta causa, basten los sentimientos que suscitaron dichos mármoles ante la mirada de almas  sensibles como la del escritor francés Chateubriand, que acusó a Lord Elgin de sacrílego o la del gran poeta británico Lord Byron, que condenó tal suceso y escribió poemas recriminatorios. Después, fue otro gran poeta inglés, John Keats, quien acabó sintiendo una fascinación tan profunda por tales obras clásicas, que las visitaba asiduamente, cayendo en estados de ensoñación que inspiraron los versos que al comienzo de esta entrada se muestran.

MIS POETAS FAVORITOS... John Keats.

(Londres, 1795 - Roma, 1821) Poeta británico. La muerte de su padre y su humilde procedencia le llevaron a trabajar como practicante en casa de un cirujano, para ingresar más tarde como estudiante externo en el Guy’s Hospital de Londres (1815). Su afición a la lectura le descubrió el mundo de la poesía, en la que se inició bajo la influencia de Spenser. En casa de su amigo Leigh Hunt, crítico y poeta, conoció a Shelley, con quien trabó amistad. 

Publicó su primer volumen de poemas en 1817 y, a pesar de su escaso éxito, decidió abandonar la cirugía para dedicarse sólo a la literatura. Al año siguiente apareció Endimión (1818), que fue mal recibida por la crítica. A su regreso a Londres, tras una temporada en la zona de los lagos y el oeste de Escocia, asistió a la muerte de su hermano, aquejado de tuberculosis, lo que le afectó profundamente.

El propio Keats sufría la misma enfermedad; tras mudarse a casa de su amigo Charles Armitage Brown, en Hampstead, se enamoró de la hija de un vecino, Fanny Brawne, quien le inspiró la mayoría de sus poemas, recogidos en el volumen Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas (1820), que incluía sus mejores poemas: el inacabado Hiperión, sobre la mitología griega, y sobre todo su célebre serie de odas (Oda a un ruiseñor, Oda a una urna griega).

Su estado de salud se deterioró, por lo cual decidió embarcar con su amigo Severn hacia Nápoles, en lo que parecía la última posibilidad del poeta para sanar, aunque murió unos meses más tarde. Pese a tratarse del vate más joven de los grandes románticos británicos, es uno de los líricos más importantes en lengua inglesa. En 1848 aparecieron sus cartas y su diario, que completan una obra de excepcional pureza expresiva y admirable dominio poético en su aspiración por alcanzar la belleza absoluta.