viernes, 5 de abril de 2019

"ELEGÍA A MI PADRE", Javier Reverte


I
No he aceptado que has muerto, viejo tunante.
Y me queda el consuelo del sueño de las siestas:
que te has ido de viaje y pronto estás de vuelta.

¡Ay, cara de niño pícaro al mirar de soslayo!
Como si lo supieras todo,
sabiendo que sabías
que nadie sabe nada.

Siempre sueño, en la tarde,
que apareces de pronto
sin advertirlo a nadie,
cargado de sonrisas,
con tu mirada de oro
y con tu voz que brota
como surgía el agua de mi infancia
cuando estaba a tu lado
buscando mariposas, truchas y lagartijas,
a la orilla de un río,
al pie del Guadarrama:
aquellos riachuelos perdidos en la sierra,
cumbres de blanco y negro en posguerras de hambre
que tu hacías alegres.

Creías en los niños, sólo en ellos.
Y ellos te admiraban.
Asomaban de pronto,
a todos nos besabas:
el primer beso, el mío,
lo digo con orgullo.
Y cantando, cantando a toda hora.

II
Jamás el mundo alcanzó a ser tan cálido
como los días en que tú lo habitabas.
¡Oh, padre mío! Veladas luminosas,
canciones sin sentido, tus miradas de seda
jugando con los niños.

¡Ah, gran tunante!
Esa sonrisa tuya, invulnerable.
Hace ya veinte años que no estás a mi lado
y el mundo me parece una fiera crecida
en ausencia de risas y alegría.
Si te llegó la muerte a su debido tiempo,
a los ochenta años,
a mí me pareció que era muy pronto,
pues ocultabas un niño divertido y gamberro
debajo de la plata de tu pelo.

¡Oh, padre de mi carne! Bondad suprema
en tu mirada de dulces ironías,
en tus dedos que acariciaban,
como un río de miel, el envés de mi mano
muy pocos días antes de tu marcha.

Se me secó la vida aquella tarde
al ver cruzar, sobre tus ojos,
el brillo conocido de la vieja guadaña.
Y supe que los niños envejecen muy pronto
y que vivir es comprender muy tarde, tan tarde ya,
tan siempre tarde.

Con qué velocidad crecen los niños,
con cuánta prontitud mueren los viejos,
cuánta lágrima aguarda
detrás de todo nacimiento.

¡Oh, padre mìo! Morías sin dejar de ser un niño
y yo era todavía, a mis cincuenta años,
el proyecto de un hombre.

Era abril, el engañoso mes
que promete una vida y que no cumple,
el mes más cruel de los poetas.

Las calles se abrieron a mi paso
como valles inmensos surcados por ríos de tristeza
y los silbos de los mirlos en celo
parecían los graznidos de miríadas de cuervos.

Pues tú te habías ido y me quedaba solo.
¡Ah, padre de mi carne!
Esa voz cantarina que aún puedo percibir
cuando cierro los ojos:
con su sonido a manantial de sierra.

(Javier Reverte)

Pintura: "El viejo comerciante", Charles Spencelayh